Del pintor Nöel Pasquier se conocen las características, las características técnicas del talento, es decir el trazo y el color. Pero además, posee también la tipología afectiva, el sentimiento, el sentimentalismo, y la enorme energia vital de la emoción. Lo que confiere a su obra una diversidad fundamental, esencial, que yo llamaría vitalista. Sobre el trazo de Pasquier: elemento de la escritura, el soporte esencial, fundamental y primario de la imagen. Su trazo está emparentado a una noción básica, la de la estructura gestual.
Trazo, quizás no sea el término adecuado al hablar de Pasquier, porque en el fondo, su intervención gráfica, la modalidad misma de su escritura, lo consigue gracias a una disposición, a un estado de ánimo, totalmente diferente al de la escritura pictural clásica, del dibujante clásico.
La afirmación de la escritura, en la obra de este artista, es fenómeno de una libertad gestual y estructural. Toda su obra está determinada por esta libertad gestual ejercida en todas sus posibilidades; y esta diversidad refleja precisamente la inmensa variedad y la gama extremadamente extensa de posibilidades formales.
El gesto, en la obra de Pasquier, es el desgarro, así como el frotado, como en la serie de huellas dinámicas de alquitrán realizadas sobre una hoja de plástico, material que nos permite apreciar claramente la velocidad de la mano sobre la superfície de la hoja.
En otras obras que se revelan como más complicadas, lo que podríamos llamar lienzos más “construidos”, esta gestualidad primaria y fundamental la encontramos en la estratificación horizontal de las superfícies de colores, que se define precisamente por una yuxtaposición de horizontes diferentes en el interior de un mismo espacio pictural.
Otro elemento de esta gestualidad estructural: toda una serie de obras de Pasquier que aparecen como verdaderas diseminaciones de elementos modulares. Empleando una metáfora vernácula y algo más sencilla, si las obras de estratificación horizontal están emparentadas al gesto del albañil, se podría decir que las obras en las que hay diseminación están emparentadas al gesto sel sembrador.
La libertad gestual que es la característica del arte informal parisino o de la action painting americana de los años 50, Pasquier la proyecta en su contexto pictural y en las obras que ofrecen una superfície más construida y más cargada; esta libertad del gesto se ejerce precisamente como un fenómeno de acción, es decir en el sentido de la “des-construcción” y de la “des-estructuración” de los volúmenes.
La obra de Pasquier ilustra esta vitalidad poética del gesto pictural que es el equivalente en pintura de la escritura automática de los surrealistas en literatura.
Con esto no quiero decir que Pasquier se remita a la imaginación de los surrealistas: su imaginación es mucho más primaria y fundamental; es esencial, se remite a los elementos naturales, al mar, al cielo, al agua de la Bretaña francesa en particular, pero también a la vitalidad de la tierra, y a su potencial de acción, a las ensoñaciones de la inmensidad y a las ensoñaciones de la voluntad.
Y, sin duda, la gama cromática del artista se define a través de este panorama afectivo.
Hay dos grandes zonas de sensibilidad cromática en la obra de Pasquier: una, es el azul sentimental, el azul de la libertad en el espacio libre, el azul del mar, el azul del infinito en la luz y el otro, es evidentemente, una referencia mucho más tectónica, como son los colores de la tierra, ocres, anaranjados, negros, que representan la figuración tangible de la idea de enracinamiento del impulso vital, en la forma creada, “la forja de Vulcano” por ejemplo, o la gran metáfora de la poesía en la voluntad del acto creativo.
La escultura de Pasquier se inscribe en la lógica interior y la prolongación directa de su gestualidad pictural. Sus esculturas, que utilizan materiales muy diversos, desde la piedra al mosaico y al metal, se presentan como verdaderos volúmenes grabados, de elementos agregados y estructurados.
De hecho, las esculturas y las instalaciones de Pasquier es como si fuesen gestos, composiciones de gestos, en tres dimensiones. Y es precisamente esta importancia estructural y fundamental de la gestualidad lo que define las obras de arte público de este artista. La monumentalidad en la obra de Pasquier, tiene un origen y una esencia gestual. En la gran escultura titulada El Rey de los peces en Sanary, realizada en piedra y mosaico, la estructura misma del pez y de los elementos que intervienen se presenta como la fijación de un gesto en la progresión del pez y ésta tiene el encanto de un gigantesco santón de Provenza, figurilla de arcilla para decorar el Nacimiento, típica de esta región.
Es esta especie de interrupción del tiempo en posición dinámica lo que crea la monumentalidad interna de las obras de arte público de Pasquier y esto encaja perfectamente dentro de lo que sería la sucesión lógica de la estructura operacional de su lenguaje.
Otros ejemplos de este arte hacen, asimismo, referencia a esta misma gestualidad: es el caso de los Totems de Bagneux, conjunto de columnas cilíndricas de acero esmaltado y que, gracias a la forma en que están colocadas, en fila, por su posición repetitiva, crean un conjunto animado tanto físico y como visual.
En otro ejemplo de arte público, La Cigarra de Saint-Maximin, situado en el norte de la autopista de la Costa Azul, el problema parece algo diferente: un insecto gigante tratado con el máximo realismo descriptivo. Los volúmenes están dinamizados por una estructura lineal que los rodea: los élitros filiformes, pensados para que el viento los mueva y de esta manera imiten el sonido del conocido canto de las cigarras. También en este caso se sigue la óptica de la gestualidad de la escritura del artista.
Esta escritura del gesto explica la variedad y la perfecta adecuación de los materiales que emplea Pasquier. En cuanto al soporte bidimensional, se sirve del lienzo, el papel, el plástico, el tejido, del esmalte, siempre con esa misma facilidad de ejecución y de sensación del mensaje que es debida, sin duda, a una enorme vitalidad.
La escultura, realizada en materiales tan diversos, refleja una vez más la idea de volúmenes grabados según la óptica de la escritura gestual, para ello, Pasquier recurre a la pizarra, al mármol, al mosaico, al latón, al bronce, a todas las variedades de metal.
Su obra refleja todo el panorama de un método expresivo ligado a la intensidad vital del gesto físico, un gesto que no se codifica en una caligrafia, sino que se expresa de forma impulsiva y expansiva.
La escritura de Pasquier es natural y espontáneamente estructural. Esto explica la facilidad con que sus formas pintadas se traducen con gran intensidad al soporte textíl o la tapiz. En lugar de perder su fuerza vital al transponerlas al tejido, a menudo, estas imágenes están ya implicadas en la sustancia misma del material, traduciendo todas las posibilidades físicas del mismo.
Creo que la exposición de Nöel Pasquier en el Museo de la Moneda de París muestra de forma precisa e indiscutible, y yo diría casi sistemática, este elemento funda-
mental de diversificación, de diversidad, de variedad, de cambio, en la actividad poética del pintor. Este cambio, esta diversidad de soportes, traducen un gran amor por la vida.
Y como fondo, una vida que Pasquier ama como una referencia primordial y esencial que motiva y justifica la vastedad de su impulso creativo.
El gesto de Pasquier, es la firma de su amor a la vida.
Charla de estudio. 1998.